Durante mucho tiempo pensé que ser fuerte significaba poder con todo. Resolver problemas, estar disponible para los demás, sostener emocionalmente a mi familia y seguir funcionando aunque por dentro me sintiera agotada. Me acostumbré tanto a vivir así que dejé de notar cuánto me estaba desconectando de mí misma.
Había días donde terminaba completamente cansada emocionalmente y aun así seguía exigiéndome más. Sentía culpa cada vez que intentaba priorizarme o decir que no. Muchas decisiones en mi vida empezaron a girar alrededor de evitar conflictos, decepcionar a otros o mantener todo bajo control.
Desde afuera probablemente parecía una persona funcional. Cumplía con mis responsabilidades, seguía adelante y hacía lo que “tenía que hacer”. Pero internamente me sentía perdida. Había una sensación constante de vacío y una tristeza difícil de explicar porque ni siquiera entendía bien cuándo había empezado todo eso.
El momento donde entendí que ya no podía seguir igual
Hubo un día donde me quebré por algo mínimo. No fue una gran crisis ni un evento dramático. Simplemente sentí que ya no podía seguir sosteniendo todo como si nada me afectara.
Empezar terapia me daba miedo porque no estaba acostumbrada a hablar de mí. Al principio incluso me costaba identificar qué necesitaba o cómo me sentía realmente. Me había acostumbrado tanto a estar pendiente de otros que había perdido conexión conmigo misma.
Con Paty empecé a entender patrones que llevaba años repitiendo sin cuestionarlos. Me di cuenta de cuánto había normalizado el cansancio emocional, la autoexigencia y el miedo a incomodar a los demás.

Volver a escucharme
El proceso no fue rápido ni cómodo. Hubo momentos donde poner límites me hacía sentir egoísta y otros donde aparecía mucha culpa. Pero lentamente empecé a notar cambios pequeños que para mí significaban muchísimo.

Aprendí a detenerme antes de decir automáticamente que sí a todo. Empecé a reconocer cuándo algo me hacía daño emocionalmente y cuándo estaba ignorando mis propias necesidades por miedo al rechazo o al conflicto.
Hoy todavía sigo trabajando muchas cosas, pero ya no siento que vivo completamente desconectada de mí. Me relaciono conmigo desde un lugar mucho más consciente y amable. Y quizás lo más importante es que entendí que cuidarme no me convierte en una mala persona. Me convierte en alguien emocionalmente más sana.